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1 marzo 2010 1 01 /03 /marzo /2010 17:46

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El poder de la palabra 1ª parte

“las palabras que leerás significan lo que dicen. Una a una hacen una idea.

Une las ideas y harás discursos…pero cuida que no se te vayan al infinito.

Antes muéstralas en hechos. Entonces veras la fuerza de esas palabras.

Las personas verán tus palabras, y tu las dirás de modos concretos, hasta hacerlas inalcanzables. Aquí te doy algunas ideas. Tómalas si quieres.

Las mías son murmullos de lo que vivo y creo. Algo real. Algo perenne.

Estas palabras que brotan de mi vienen de otro hontanar. Pues yo, no soy fruto de la casualidad sino de una palabra pronunciada.

He sido dicho y hecho.

Es que antes fui palabra. Estaba retenido en el abismo del amor.

Ahora estoy aquí, dándote palabras para crear realidades”.


Fray Guillermo Delgado Acosta, OP

  


  Corría el año 2,005 cuando empecé a interesarme por la disciplina del coaching,  para ir dejando en el pasado aquellos conceptos de re-ingenierías, círculos de calidad, aseguramiento del control de la calidad, mentoring, gerenciamiento capataz, entre tantos conceptos que así como vinieron y fueron buenos en su tiempo, desaparecieron, aunque no del todo porque en varias empresas aún los practican, teniéndolos  como el non plus ultra de su administración; pero al no constituir este el tema que quiero abordar, lo dejare en el olvido, no sin antes mencionar al Dr. Rafael Echeverría quien dijo: “El modelo de gestión que prevaleciera durante gran parte del siglo XX ha muerto. No existe ninguna posibilidad de resucitarlo. Asistimos a sus exequias. Y aunque todos todavía estamos atrapados en él y no sabemos por cual otro sustituirlo”.  ¡Descanse en paz ese modelo de gestión!

 


     Creo que ha llegado la hora del cambio y el momento es el aquí y el ahora gracias al poder de la palabra, gracias a las competencias conversacionales  que pueden fluir como ríos de agua viva desde adentro de nuestro “propio pozo”, y cuando la palabra es Cristocéntrica la misma es doblemente poderosa; pero de ello ahondaremos más adelante, previo a comprender los conceptos que nos atañen en estos precisos momentos.  La palabra coach proviene del verbo inglés que significa “entrenar” o “dirigir” y al anteponerle la terminación “ing”, podemos decir entrenando o dirigiendo, que es lo que estamos haciendo todos los días ya sea en el hogar o en el lugar de trabajo, independientemente al cargo que ocupemos; en virtud que no es una tarea inherente al alto directivo.

 


     El coaching es un proceso interactivo por medio del cual el que lidera la situación, denominado en este caso coach, asiste a un cliente, al que denominaremos coachee, ayudándole a obtener lo mejor de sí mismo. En términos generales un  coach ayuda a otra persona a alcanzar ciertos objetivos utilizando sus propios recursos y habilidades, pero más que recursos y habilidades, utilizando sus propios dones de forma eficiente y eficaz. Se parte de la premisa que es el interlocutor el que posee la mejor información para resolver las circunstancias a las que se debe enfrentar.

 


     Para iluminar el hecho anterior menciono a Goethe quien dijo “Lo mejor que puedes hacer por los demás no es enseñarles tus riquezas, sino hacerles ver la suya propia.” Y la mejor forma para descubrir ese caudal que se encuentra dentro de cada persona, esa riqueza interior, ese poder intelectual, esa fuerza motriz, ese gigante interior que muchos tienen dormido, es de vital importancia que cada uno se conozca como persona, que cada uno conozca sus fortalezas tanto como sus debilidades, las oportunidades que tiene como también sus amenazas; y la mejor forma para hacerlo es partiendo de la más antigua de las exhortaciones atribuida a Sócrates, el “conócete a ti mismo” palabras que se encontraban esculpidas en el dintel del templo de Apolo en Delfos, para testimoniar una verdad que debe ser asumida como la regla mínima, de toda persona que quiera ser significativa en el arte y en el don de la vida; porque solo conociéndome a mí mismo, en primera instancia, puedo llegar  al conocimiento del otro, al conocimiento de la verdad y si llego al conocimiento de la verdad, la misma me hará libre. (Jn 8,32). El evangelista aquí no se refiere a una libertad política, sino a ser libres del pecado, de la maldad, de lo alienante, de los vicios, del indiferentismo, de la decadencia ética y moral; porque ¿De qué forma podría ayudarnos alguien a descubrir nuestras riquezas interiores, si él tal es decadente? No tendría credibilidad, ni la fuerza, ni la autoridad para hacerlo.

 


     La eficacia  del coaching deriva del poder que tiene la palabra hablada, de las competencias conversacionales; que con entrenamiento podemos llegar a hacer de las mismas una praxis liberadora, porque la palabra eso hace: sana, Libera, instruye, anima, calma, sosiega, redarguye, corrige el rumbo, puede dar vida o puede  matar; todo depende de la forma y el uso que demos de la misma.

 


     ¿Por qué es tan poderosa la palabra? ¿De dónde proviene su fuerza? Permítanme sustentarlo en las Sagradas Escrituras, iluminando con el capítulo 1 de San Juan, versículos del 1 al 5; que dice así: “En el principio existía la palabra y la palabra estaba junto a Dios, y la palabra era Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada.

 


Lo que se hizo en ella era la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron”.

 


     Esperando no hacer una interpretación errónea y subjetiva del texto bíblico, ni espiritualizándolo  al no haber utilizado el recurso de la Hermenéutica (ciencia de interpretar correctamente la Biblia); considero que  ahí radica la fuerza, el poder y la autoridad de la palabra, proviniendo del hecho que la palabra y Dios tiene intimidad, ambas participan en la creación  y gobierno del mundo, ahora es el verbo, palabra de Dios, que preexistía en Dios y que fue enviado al mundo, el verbo es movimiento, es acción, es vida y vida abundante; y sabiendo que somos creados a la imagen y semejanza de Dios; según consta en el libro del Génesis, capitulo 1, versículo 27; no en el aspecto físico sino refiriéndose al hecho que tenemos un alma espiritual, que estamos por encima de todos los seres vivientes, que no somos  cosas sino personas, que podemos escoger el bien, componer una sinfonía, moldear el carácter, enderezar los pasos, pensamos, actuamos, podemos optar por la libertad en el ser y el hacer, de resolución y;  de todas las criaturas somos los únicos capaces de Dios y de amar, y somos los únicos que podemos externar una palabra, a excepción de la burra de Balaán que con sus “competencias conversacionales” generó preguntas poderosas en el diálogo que sostiene con su dueño; según podemos constatar en el libro de Números, capítulo 22, versículos del 28 al 31.  Al igual que Dios podemos dar vida, por medio de la palabra porque con El somos cocreadores y  con ella podemos disipar las tinieblas de la ignorancia, del miedo, del terror  y de la cultura de la muerte.

 


     ¿Acaso con el poder de la palabra no damos vida? O quitamos vida, cuando por la palabra dada permitimos y practicamos el aborto. ¿Acaso no somos fruto del poder de la palabra? Por el poder de la petición y el amor fuimos engendrados en el seno materno, por el poder de la petición y el amor vinieron nuestros hijos, “con el sudor de nuestros labios y nuestra boca” nos ganamos la vida, proponiendo y convenciendo; “con el sudor de nuestros labios” nos acercamos a la persona amada; con ese mismo poder ofrecimos  el sol, la luna y las estrellas; con el poder de las palabras o de las competencias conversacionales como decimos hoy hacemos y somos lo que somos.

 


      En el libro de proverbios, capitulo 18 y versículo 20 leemos: “De los frutos del hablar se sacia el vientre, uno se sacia de la cosecha de los labios. Muerte y vida están en el poder de la lengua: lo que elija eso comerá”  ¿Nos saciamos del fruto de nuestra boca? Preguntémonos a nosotros mismos, pero podemos contestar desde el quehacer de nuestra profesión como ejecutivos de seguros, cuando reclutamos personal, lo seleccionamos, lo capacitamos, lo integramos a nuestra organización y lo moldeamos “a nuestra imagen y semejanza” Porque  ¿Quién no quiere ser como el líder? Cuando el mismo es maduro, creíble, cuando aplica la disciplina correctamente, cuando a todos trata por igual, con respeto; cuando no socava la dignidad por cuestionamientos éticos, religiosos, políticos o sociales; cuando el mismo es propositivo, proactivo y trabaja en equipo, cuando es inteligente y su ética y moralidad es intelectualmente correcta y verificable.

 


     ¿Nos saciamos del fruto del hablar, de la cosecha de nuestros labios? Desarrollando competencias conversacionales, generando identidades, sanas relaciones inter personales, nuevos compromisos, negociaciones, futuros y mundos diferentes; estando convencidos como estoy, que  por medio de la palabra tenemos ese poder transformacional, y cuando la misma está en intima relación con Dios es doblemente poderosa; le añadimos valor, es como ponerle doble y retranca a un móvil, potenciamos su fuerza y su destino; le cambiamos la vida, a los que nos confían su vida organizacional llevándolo a otra dimensión, catapultándolos,  evitando caídas y derroteros, caminos inusitados e inhóspitos, en otras palabras ¡Hacemos más fácil el camino y el destino! porque el secreto estriba en gozarse del camino tanto como del destino.

 


     ¿Nos saciamos del fruto del hablar? Con nuestras afirmaciones y declaraciones, cuando las mismas son objetivas y veraces, porque muchas veces juzgamos a alguien desde nuestra observación, desde nuestra óptica y muchas veces la misma es subjetiva; tal y como dice el Dr. Rafael Echeverría “La única descripción que hacemos es la de nuestra observación, no la de la realidad”. A veces padecemos de miopía y no vemos las cosas y las personas tal cual son y por eso cuando hablamos muchas veces destruimos una reputación, una dignidad, un carácter, ¡una persona! Y por consiguiente una institución, un hogar, un sistema; y si alguna vez de palabra, obra u omisión atentáramos contra la dignidad de nuestro prójimo tengamos presente la declaración del perdón, con valentía y con sinceridad a efecto de mantener incólumes nuestras competencias conversacionales y nuestras sanas relaciones con todos. ¿Cuántas veces tenemos que recurrir a la declaración del perdón? Las que fueren necesarias: “Entonces se le presento Pedro y le pregunto: Señor, ¿Cuántas veces he de perdonar a mi hermano si peca contra mí? ¿Hasta siete veces? Dícele Jesús: No digo yo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. (Mt 18,21-22) Esto quiere decir siempre.

 


     Amparándome en esta declaración, yo quiero pedir perdón por todas aquellas alegrías, entusiasmos y esperanzas que mate con el poder de la palabra; por aquellas sonrisas que desdibuje en un rostro inocente con el poder de la palabra; por todas aquellas lagrimas que rodaron por el poder de una palabra, por todas aquellas promesas incumplidas, tantas promesas insatisfechas.

 


      En aquellos tiempos pretéritos  Sansón mató, amontonó y sacudió a mil hombres con el poder que le dio una quijada de burro, según narra el libro de Jueces, capítulo 15, versículos 15 y 16, hoy;  en este tiempo presente, también yo con mi “quijada de burro” he matado miles de ilusiones, mate la fe, la esperanza y el amor por el poder de una palabra que se salió del rumbo, que perdió el horizonte,  la perspectiva de la vida y que no estaba en íntima comunión con Dios.-

 


 

Escribió: José Luis Riveiro Fernández

               Gerente de Agencia Cobán

Bibliografía:

Biblia de Jerusalén,

Biblia de Nuestro Pueblo

Ontología del Lenguaje, Dr. Rafael Echeverría


http://joseguillermodelgado.blogspot.com

 

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